domingo, 12 de junio de 2011

Desesperanza y fuerza de la amistad




Una mañana me desperté, abrí la ventana, y de ella entro una mariposa. Debía necesitar a su mariposa, pero no estaba entre el jardín con las flores.

Volaba bajo, no es que la pasara nada. Entonces yo me agache y puse su dedo en sus frágiles patas. Y desde entonces, dejaba abiertas las ventanas.

Un día volvió aquella mariposa que tanto anhelaba y buscaba. A partir de ese momento se me acercaban las dos. Yo creí que nunca volvería.  

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